miércoles, 27 de mayo de 2009

El mohín de Moloch.

Por Ángel Castaño Guzmán.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento
. San Francisco de Asís

Hace algunos años una docena de campesinos franceses le propinó un significativo golpe al capitalismo moderno. Apenas armados con destornilladores, pinzas y palas, caminaron hasta el McDonald’s más cercano. Sin cruzar palabra con los empleados, procedieron a desmontar el mobiliario. Casi todos los medios de comunicación galos cubrieron el evento como muestra de la cada vez más inocultable esquizofrenia de algunos ciudadanos. Sin embargo, al preguntársele al vocero del grupo el por qué de la acción, no dudó un segundo en afirmar que se trataba del primer paso de una sistemática guerra contra la comida perniciosa para la salud. La población francesa, sobra decirlo, apoyó con entusiasmo la iniciativa y, como es lógico, por esos días la franquicia europea del conocido restaurante dejó de percibir considerables réditos. Decenios antes el mismo sistema económico incitó a miles de hindúes a seguir los pasos de Gandhi en la recordada marcha de la sal.

Los ciudadanos del mundo contemporáneo desde la comodidad de nuestros sillones asistimos a la globalización empresarial. Los despachos noticiosos de las incansables cadenas informativas anuncian las bondades del progreso. Las señales del desastre pasan desapercibidas en un mundo donde el neón brilla con singular insistencia. Se olvida, por ejemplo, el carácter maléfico de los rituales industriales que, entre otras cosas, alteran el equilibrio ecológico y explotan metódicamente los recursos naturales. Incontables pruebas validan el acierto de Leonardo Boff al señalar al ethos capitalista como el causante de la muerte de miles de seres humanos en las zonas periféricas de la civilización y de la inminente crisis ambiental de proporciones apocalípticas. El concepto occidental de desarrollo se asemeja a los dioses cananeos. Sedientos de sangre, los ídolos exigían a sus fieles sacrificios humanos como prueba de su devoción. Sin prestarles mayor atención a los signos de la catástrofe, el Baal moderno y sus sacerdotes, las empresas multinacionales, no dejan árbol intacto ni río libre de sus excrementos. Moloch sonríe en su pedestal, mientras centenares de niños cuyo único sustento diario es el pegante caen en los suburbios de las grandes metrópolis. Frente a la mirada permisiva de la familia humana, especies enteras se extinguen a una velocidad equivalente a la del crecimiento de las cuentas bancarias de los monopolios. Amparada en la absurda idea de concebir la naturaleza como granero, la sociedad tecnificada se rehúsa a aceptarla como sujeto de derechos. Enceguecidos por fuegos fatuos, el hombre y la mujer se ven a si mismos como pináculo de la evolución, dueños y señores de cuanto los rodea. Animal sin duda sui generis, el homo sapiens hace parte de la extensa cadena de la vida que va de la minúscula bacteria a la supernova más lejana. En lugar de capataz, es hijo de la naturaleza, pues separado de ella no alcanza su plenitud. San Francisco de Asís, en un bello poema, llega al paroxismo de llamar al sol su hermano y encontrar el parentesco que lo une con el zorro, la vaca y el buey. Quizá, más que los avances científicos o las revoluciones tecnológicas, la verdadera esencia de la humanidad son esos arrebatos poéticos que como Francisco lo intuyó son puente que comunica y no pared que aísla.

El pistoletazo ya sonó. El paso ineluctable del tiempo hace que la brújula señale el precipicio. Pensar que el cambio de ruta está en manos de los gobernantes es desconocer cómo funciona el capitalismo. Un paso simple, pero de hondas repercusiones, es construir la sociedad sobre los sólidos cimientos de la solidaridad y no en el frágil barro del lucro. Afirmar cotidianamente el carácter innegociable de la vida es nuestro compromiso. No hay mayor profanación que reducir el medio ambiente al papel de mercancía de intercambio. Una ciudadanía atenta a cualquier movimiento contra la dignidad de la naturaleza les garantiza a las futuras generaciones un legado más amplio que unos cuantos agujeros en la capa de ozono.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Las palabras de la Doncella.

Por: Ángel Castaño Guzmán

Sherazada, la formidable narradora que para salvar su vida del implacable decreto del Rey teje un extenso mosaico conocido en occidente con el nombre de Las Mil y una noches, es el mejor ejemplo de la eficacia de la palabra en tiempos de crisis. Hilvanados con singular maestría, los relatos salen de la boca de la doncella con el vigor necesario para recordarle al monarca los límites del poder. El detalle más inquietante del libro es la idea de concebir el lenguaje como centro real de la sociedad. Fascinado, el soberano pospone la ejecución una y otra vez para conocer el desenlace de una narración que indefectiblemente conduce a otra. La astucia de la mujer consiste en dosificar las revelaciones y dejar varios temas ocultos para esgrimirlos en una mejor oportunidad. Sin dar tiempo para la meditación, el frenético ritmo de acontecimientos obnubila el juicio del gobernante. Mucho de Sherazada tienen los medios de comunicación. Hipnóticos, construyen a su arbitrio el escenario de la realidad. El discurso informativo es el telón de fondo de las faenas cotidianas. Cada informe noticioso trae consigo una avalancha de coloquios domésticos. Muchas de las conversaciones que tienen lugar en las habitaciones y comedores de los ciudadanos modernos nacen en las salas de redacción. De ahí el compromiso democrático de los periodistas de informar con rigor y neutralidad. El problema radica, en palabras del profesor español Carlos Elías, en el criterio mercantil que prevalece a la hora de seleccionar los temas de interés general. Cercados por el omnipresente fantasma del dinero, los medios de comunicación están más atentos al crecimiento de las ventas que al desarrollo de proyectos de inclusión y reconocimiento ciudadano. Esto, en muchos casos, viene de la mano con evidentes rasgos de frivolidad. Se opta, como es lógico, por noticias fáciles de consumir. Ninguna clase de preparación exige la banalidad periodística al receptor. Así, los chismes de los romances de las actrices desplazan los eventos incómodos y nada consumibles. Reportan más índice de rating los pormenores de la farándula nacional que las poblaciones minoritarias. Los negros, campesinos, mujeres, homosexuales, son los eternos olvidados y sólo acaparan la atención nacional cuando la muerte toca sus puertas. La guerra y el espectáculo hacen que el tiraje de los periódicos se agote en un santiamén. La prensa, en sintonía con las directrices neoliberales, se convirtió en carnaval circense. En lugar de apelar a la meditación promueve el irreflexivo espectáculo.
Sherazada logró escapar de las garras de la injusticia gracias a su extraordinaria inteligencia. En su caso el patíbulo fue sustituido por el solio real. Los medios de información lograrán no ser inferiores a sus responsabilidades sociales si son capaces de construir una visión incluyente de la comunidad, ajena a los vaivenes del mercadeo y a las trampas del oropel.

miércoles, 15 de abril de 2009

El diario de los dioses.

Por: Ángel Castaño Guzmán
Hace un cuarto de siglo, al conocer la noticia de la muerte de Julio Cortázar, Carlos Fuentes telefoneó a Gabriel García Márquez a su residencia de La Habana. Al otro lado de la línea, tras comentar los pormenores del acontecimiento, el escritor mexicano le oyó decir al Nóbel una frase que bien podría resumir cualquier investigación sobre la calidad informativa de los medios de comunicación: no creas todo lo que lees en los periódicos. Reportero avezado, Gabo retrató con fidelidad los secretos de las salas de redacción. El escepticismo que el apotegma encierra es apenas natural en una sociedad como la colombiana, cuya realidad hace rato traspuso los linderos de la hipérbole. Los periodistas, oficiantes de la información, son testigos de primera fila de los eventos que en los últimos 50 años han constituido la identidad del país. Tahúres de la imagen, dan a conocer por igual las desmesuras de la barbarie y los oropeles de las pasarelas. Sin distinción, las curvas de la ninfa sensación de la industria musical están a escasos centímetros de la más bizarra crónica roja. Caldero de mezclas alucinantes, las páginas de los periódicos y los informativos radiales son radiografía de la psique nacional. Leerlos es escarbar en lo más íntimo del inconsciente, bucear en los arrecifes de la colombianidad.
El periodismo, oficio de innegables compromisos democráticos, es para muchos, entre ellos Albert Camus y Ryszard Kapuscinski, el mejor de todos. Da las coordenadas que sitúan al ciudadano en el agitado mundo de la posmodernidad y alimenta las opiniones que éste elabora acerca de los temas de interés general. Pocas cosas lesionan con más contundencia a la democracia que una prensa obnubilada por los fuegos de artificio del poder.
Temas frívolos ocupan el mismo espacio en las agendas noticiosas que los dramas de una nación inmersa en la violencia. Por eso es tan apremiante que la academia le provea a la población elementos básicos para examinar con cuidado los discursos periodísticos. Promover lectores capaces de encontrar los recónditos engranajes de las noticias es el deber impostergable de la comunicación social. Hasta el momento pocos son los movimientos en esta dirección. En saldo rojo con la sociedad están los medios de información y la educación formal. Los primeros por no conservar la neutralidad necesaria para informar con rigor y honestidad. La segunda por la evidente ruptura que hay entre sus investigaciones y el país de carne y hueso.
Leer el periódico, ver tele noticieros o encender el radio son liturgias cotidianas del ciudadano moderno. Pan diario, la información está presente en todos los ámbitos de la sociedad globalizada. De ahí la importancia de no arrojar las perlas a los cerdos o encumbrar dioses de cartón.

lunes, 16 de marzo de 2009

REFLEXIONES A LA HORA DEL TENTEMPIÉ

En las tradiciones orientales se cuenta que el padre de Siddhartha ocultó de la inquieta mirada de su hijo aquellas cosas que rasgan los predecibles velos de la ingenuidad y muestran lo transitorias que las empresas humanas son. En el tercer capítulo del Eclesiastés, con sucesión de antónimas situaciones, Salomón teje fúnebre lamento por la fugacidad de la vida. La empresa humana está signada por la contradicción: somos suspiro entre abismos, como recuerda Borges, pero a la vez tratamos de alcanzar la eternidad con limitadas herramientas. La enfermedad, la vejez y la muerte son, en efecto, indiscutible prueba de la finitud de nuestra civilización, magnificada por el metódico discurso de la publicidad. Las arengas oficiales, amplificadas hasta el cansancio por los grandes medios de comunicación, no dejan instante sin proclamar que los actuales ciudadanos vivimos en el mejor de los mundos posibles. De la mano del saber y de las omnipresentes ciencias aplicadas, las limitaciones del hombre son postales de un remoto pasado, vagas anécdotas en libros de historia. Se abre horizonte esperanzador frente a nuestras ávidas pupilas, y todo gracias a la religión de la postmodernidad: la tecnología.
Por eso, para el buen funcionamiento del conjunto social, la ironía, el disenso y la irreverencia están fuera de los manuales de buen comportamiento. Mirada por la familia humana con abierta hostilidad, la inteligencia, arrinconada en desolados pasillos del centro penitenciario, es adjetivada con sevicia.
Publicada en 1967, La Broma es sarcástico dicterio contra la URSS y el imperialismo en general. En sus prolijas páginas, una vez más, la naturaleza subversiva de la novela queda a la vista. De la mano de Kundera, el lector asiste atónito al baile de imposturas, donde la dignidad humana es un bien consumible. Esta idea recorre de principio a fin, como columna vertebral, la narración. La novela intenta descubrir los perversos engranajes del régimen que pretende encarnar la absoluta verdad. Tras cerrar el libro amargo gesto se dibuja en el rostro del lector: el humor está fuera de los sagrados decálogos de los sistemas totalitarios y riñe con las ínfulas mesiánicas de los gobiernos modernos. Un chiste político, hecho sin otra intención que conmocionar a una chiquilla, desencadena feroz reacción de las directivas del partido comunista checoslovaco y corta de tajo el promisorio futuro de un joven. Escéptico, Kundera ve con cautela las efusivas manifestaciones políticas de los nacionalismos europeos reconstruidos después de la barbarie nazi. Como decenios antes Orwell lo había denunciado, la invasión en 1968 de las fuerzas armadas soviéticas a Praga reveló el déspota rostro del estalinismo. En la actualidad, cuando el triunfante capitalismo se declara a si mismo panacea de los anhelos humanos y la globalización, dirigida desde las metrópolis culturales, es un hecho que se comprueba hasta el hartazgo en los más mínimos detalles cotidianos, la calamidad no se esconde en gélidas mazmorras siberianas si no en luminosas fachadas de centros comerciales. El ethos capitalista es, en palabras del siempre agudo Leonardo Boff, la mayor amenaza a la supervivencia de la humanidad en las calendas que corren. El consumo indiscriminado, en apariencia inofensivo acto ritual, se convirtió hace mucho en motor de la voraz explotación de los recursos naturales y en raíz de la opresión de miles de individuos del tercer mundo. Con polifónico canto de sirenas, el mercantilismo inventa mil formas de brindar consuelo a los consumidores por las tormentosas imágenes de hambre y guerra que siembra a su paso. La publicidad encuentra su mejor campo de maniobra en la elaboración de mensajes que intervienen la realidad con los cosméticos de la ignorancia. Los estudios de mercado, puntuales radiografías de la psique colectiva, son novísimo rostro del panóptico del poder. La convulsa y en algunos casos incontrolable marea de información que está disponible en la Internet, permite que, sin asomo de rubor, las sinuosas medidas de las modelos de Soho soslayen la crueldad de las fotos de Abu Ghraib. Con simple movimiento en el control del televisor se avizoran por igual el salvajismo de Guantánamo y la irreflexiva celebración de Las Vegas. El verso de una canción resume la encrucijada de un plumazo: “Nadie vio a los muertos de Irak en su pantalla/ ¿cuántos serán?/ ¿fuego artificial o bombas que estallan?/ se ven igual”.
La actual crisis financiera, que amenaza con aguarle la fiesta a más de un devoto del libre mercado, es resultado de la rapacidad de un sistema amoral que hunde en la miseria más absoluta a cientos de miles de seres humanos. La industria de armas alcanza cifras de utilidades que trasponen los lindes de la hipérbole. La hambruna, según datos de la FAO, azota con inclemencia a comunidades periféricas. Diagnóstico nada confortable, y lo peor es que en el panorama no se perciben presagios de cambio. Por mucho que se especule sobre las medidas del gobierno de Obama, ningún presidente, por poderosa que sea la nación que dirija, es capaz de alterar el rumbo de todo el planeta. No en vano los muros de la casa que hoy ocupa fueron levantados con la sangre de esclavos negros.
Muchos actos gubernamentales son presentados por los oficiantes de la información como esfuerzos por elevar el nivel de vida de las sociedades marginadas. Vistosos anzuelos lanzados a la marejada de la opinión pública para distraer la consciencia de los ciudadanos y dormir el criterio de los disidentes. Nunca antes en su agitada historia la humanidad padeció régimen tan opresivo y arbitrario como el actual. La tecnificación de hasta los más pequeños actos domésticos y la imposición de un imaginario de vida y éxito basado exclusivamente en la cantidad de dinero que se tenga en la cuenta del banco, es la esclavitud propia de la postmodernidad, donde cepo y grillete fueron sustituidos por los vacuos oropeles del mercadeo. La virtud se redujo al pasivo cumplimiento de preceptos de una ética deleznable. Belleza y consumo son caras de la moneda que marcó el triunfo de la frivolidad.
Cuando Siddhartha encaró la situación de nuestra naturaleza y dejó de lado los abismales prejuicios de su padre sobre el mundo, la ruptura con un pobre pasado cultural que amordazaba su consciencia se produjo. Escapó del confortable abrazo de la crisálida y se transformó en ligera mariposa búdica gracias a su decisión de asumir la realidad circundante y no esconderse en las tibias faldas del escapismo.
Es hora de atarse al mástil de la nave como lo hiciera el errante Ulises para no ceder ante las tentadoras baladas de las embusteras sirenas. Asumir el inquietante riesgo de pensar sin catecismos a la mano y corroer los basamentos del status quo es la única senda que el ciudadano responsable transita en los vertiginosos tiempos del absoluto reinado de la estética mediática y la nefasta administración de Uribe. Proponer una lectura social que tome en cuenta las vivencias de los marginados del establecimiento es el primer paso para revertir la cronología infame de Occidente. Nada más lejano al inane dios colgado en la cruz que la colérica embestida de Jesús contra los traficantes religiosos días antes de la fiesta pascual.
Versículo: la mentalidad industrial de los medios de información ve a las noticias como espejismos fugaces que se deslíen en páginas de viejos periódicos. Un acontecimiento de actualidad en fracción de segundo es lanzado a los agujeros de la amnesia colectiva. La opinión pública no tiene tiempo para la meditación. El éxito del gobierno de Álvaro Uribe se debe en gran medida a este hecho. Pasarán meses, si no es que años, y la simplista idea de que ésta es la mejor administración nacional de la historia republicana del país seguirá rigiendo a sus anchas el espíritu del pueblo colombiano. Ojala que al éste despertar de su letargo que lleva siete años, no sea demasiado tarde para corregir el rumbo. Esta administración pasará a la historia como una presidencia autoritaria que se escudó en la eliminación de la insurgencia para privatizar las instituciones públicas y hacer de los derechos elementales a la salud y educación burdas actividades con intención de lucro. El actual mandatario, con su particular estilo de administrar, será recordado como sistemático violador de los convenios políticos sin los cuales la democracia es impensable. Álvaro Uribe no aceptó notas discordantes en la sinfonía nacional. Dirigió el destino político de 44 millones de colombianos con la tiranía de un prepotente hacendado, dirán los ciudadanos del futuro.

jueves, 12 de marzo de 2009

Poema de la penuria

“Su padre estaba afuera/ mi negra salió corriendo.
Yo me escondí en la bañera”
Suelto el lápiz. Mimos. Zapatos traviesos.
Camina por el abismo. Los niños corretean por la acera de enfrente. Hilos de memoria. Vestido de baño.
Plumas de pollitos.
Tengo reseca la garganta, preferiría un poco de agua. Prende la tele que no tarda en comenzar el noticiero. Tamborilea con una moneda. Hago monerías. No puedo evitar que la baba se derrame. Insolencia. Risita. Sólo quiero que la niña crezca sana.
No importa que seas una mariposa caníbal. Mi seso es exquisito.
Termitas embusteras. Autopista. Soslayo, adjetivo. Peceras. La falsa historia del policía muerto. Me duelen los ojos y las rodillas,
Inanición.
Antes de irse tuvo el buen gesto de dejar una nota sobre el comedor.
En ella decía que se había cansado de esperar
el poema que le prometí la noche en que nos conocimos.
Sabes que nunca dejaras de ser un escritor de baja estofa.
Tardaras toda esta vida en escribir unas líneas que valgan la pena.
Tus libros sólo serán leídos por tu grupo de amigos.
Y, si tienes algo de suerte, aparecerás en una antología de dudosa calidad, donde se dirá que fuiste un poeta menor
Me atoro con una ración de moscas.
Berrido.
Recetas culinarias. Mi mano crepita en tu nariz.
Nada
más (
Por ahora
).

martes, 24 de febrero de 2009

Planetas de Plastilina:

Algunas notas sobre cultura y educación. Por Ángel Castaño Guzmán

Hace meses, mientras caminaba por el agitado centro de la ciudad de Armenia, decidí revivir por algunos instantes mis tiempos de escolar. Traer al presente las angustiosas tareas de dibujo técnico y los siempre agotadores ejercicios del verbo To be. Caminé, vadeando la marejada de cuerpos apiñados, hasta el paradero de buses de la carrera 19, frente al viejo edificio de Telecom.


Apresurados, un par de ancianos casi fueron levantados por un motociclista que violó el semáforo en rojo. En las ventanillas de los buses, centenares de rostros anónimos miraban con desgano la cintilla de asfalto. Agrietada, la carretera es testimonio elocuente de las improvisadas medidas administrativas de un alcalde de ingrato recuerdo. Paré al azar una de las tantas rutas de transporte urbano. Busqué, con rápido vistazo, puesto libre. Oleada de cotilleos llegó a mis oídos mientras iba hasta el lugar escogido. Unas jovencitas, sentadas en el fondo del bus, entre risas presumían de sus amores. Coqueta, una morena con el pelo en dos trenzas y labios pintados a la ligera, contaba, no exenta de orgullo, las travesuras del día anterior. Se había fugado de las clases para ir a dar una vuelta en la motocicleta de su novio. La expedición terminó, entre copas y besos clandestinos, en la discoteca de moda. Las demás sonrieron, más complacidas en mi mal disimulado interés que en las travesuras de su compañera. Se apearon a los pocos minutos a la entrada de un colegio oficial. Las seguí. Alcancé a escuchar, antes que se internaran en la algarabía de un salón de clases, que esa tarde irían a pasear de mano con sus romeos.

Con una falsa reunión de padres de familia justifiqué mi presencia en los corredores del colegio ante el diligente celador que se acercó al ver mi consternación frente a una multitud de niños que se precipitaba al patio tras el timbre del recreo. Deambulé un poco hasta encontrar, en el fondo de un corredor de paredes blancas, la entrada a la biblioteca. Alineadas en tres filas de cuatro en fondo, las mesas, con las sillas encima, al recinto daban aire de sala de espera. Un señor de gruesos anteojos y mostacho cervantino, enfundado en una raída bata azul, limpiaba con trapo rojo la superficie de una mesa. Desde hacía algunos minutos una duda lexicográfica se había incrustado en mis pensamientos. Le pedí la más reciente edición de la Enciclopedia Salvat. Desconcertado, movió la cabeza de un lado al otro. Me escrutó con interés, repasando cada pliegue de mi cara, intentando descifrar qué raro espécimen se encontraba delante. Antes que iniciara el previsible discurso sobre los exiguos fondos de la educación pública, solicité cualquier enciclopedia, abochornado por una situación que, si no tomaba medidas, se me iba a escapar de las manos.

Tomó aire y, con tono calculado, dijo: el único ejemplar lo tiene el profesor de geografía. Bueno, si quiere, por ahí tengo unas fotocopias, las que usan los alumnos. Agradecí con leve ademán. Me pasó un grueso legajo de hojas con las puntas dobladas; amarillas, más que por el uso, por la humedad de las paredes. Acomodé una silla en el rincón más alejado. Busqué en el índice las páginas dedicadas al sistema solar. Encontré el clásico esquema del sol como punto central y nueve planetas orbitando alrededor.

Leí un rato la explicación sobre los nombres de los satélites de Júpiter. El autor, un científico sueco contratado por la editorial para escribir los artículos concernientes a la física y la astronomía, traía a cuento su participación como actor secundario en un filme de Bergman. Dato curioso, que no dejé de apuntar en mi libreta. Llamadas como las amantes del dios principal del paraninfo romano, las lunas fueron descubiertas por Galileo en 1610. Alcé la vista. Un detalle atrajo poderosamente mi atención: en la pared del lado izquierdo, junto a unos mapas de Sudamérica, un dibujo hecho en plastilina desentonaba, por su cromatismo, con los pálidos carteles. Diez bolitas marrones giran en torno a una amarilla. Por entonces la Nasa no sabía nada de la existencia del décimo planeta, descubierto no hace mucho por potentes telescopios computarizados. La fantasía de miles de niños, reprobados por no repetir jaculatorias científicas, hacía rato lo tenía inventariado.

Salí de allí y no dejé de pensar en el astro de plastilina. En repentina secuencia de ideas lo vinculé con el hidalgo Quijote, caballero que, en contra del dogmatismo de su época, fue honesto con la 'realidad'. Cervantes, al develar la arbitraria relación de las palabras con el universo, vislumbró las contradicciones propias de la modernidad. No deja de ser paradójico que la educación formal, basada en el magisterio inapelable, tenga como paradigma al hombre que se burló de los axiomas de la narración caballeresca.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Reflexiones educativas en Clave Matzerath.

El colegio y la universidad, concebidos desde sus orígenes como espacios de conocimiento, son instituciones autoritarias, tiránicas en la forma cómo permiten que el individuo se acerque al saber y conciba el universo. Durante gran parte de la historia de Occidente el elemento lúdico ha sido marginado de los métodos de aprendizaje. La enseñanza convencional no promueve en los estudiantes la acción poética, creativa. Al hablar de lo poético no me refiero a la construcción rítmica de estructuras literarias. El conocimiento, palacio de corredores interminables y traslúcidas persianas, de falsas escotillas y pasadizos ocultos, donde todo encaja, como mecanismo de reloj, en la borgeana certeza de que los dioses están locos, escapa, por esencia, de la instrucción técnica. Conduce al individuo por los parajes pantagruélicos del humor. Es preferible, como anota el poeta Roca, pertenecer a la estirpe de Oscar, el niño del tambor, que estar en las filas del convencionalismo. Bien ha hecho al decir Leonardo Boff que la comprensión del mundo está más afinada en el poeta que en el científico clásico. Tal vez inspirado en la historia de San Agustín y el niño de la playa, Chesterton escribió que el bardo, con la candidez de un gorrión, quiere poner, por unos segundos, su cabeza en el cielo, mientras el científico, con voracidad que lo hace buscar explicaciones a todo, pretende meter el cielo en su cabeza. Éste disecciona y extrae leyes mecánicas, cartesianas. Aquel, por el contrario, vierte su asombro en canto y, al hacerlo, recrea al universo. El burócrata da información ataviada con los adornos del saber, mientras el poeta dibuja en las playas del lenguaje su visión del infinito, y si no estamos de acuerdo nos deja el pellejo intacto.

El centro educativo produce funcionarios del saber, que repiten leyes incuestionables, como lo hacían en el medioevo los alumnos de la inquisición. La vida forma poetas libertarios, nacidos de los rescoldos de la pira en la que Bruno no cedió. El problema educativo no se soluciona con doctorados ni maestrías. Ni mucho menos con intervenciones gubernamentales que se limiten a cambios mínimos en los currículos escolares. El camino empieza en reconocer que se necesitan cientos de planetas de plastilina y menos teoremas. El siglo pasado demostró que los programas ideológicos que se autoproclaman como únicos portavoces de la Verdad, que levantan barreras que encierran al individuo en oscuros callejones, son incapaces de tolerar el disenso y la ironía. La educación, por principio, debe darles a los ciudadanos las herramientas suficientes para evitar los siempre rutilantes señuelos de la guarnición, de los valores políticos intocables. Ninguna idea o proyecto político es tan valioso en si mismo como para prescindir de lo alcanzado en siglos de reflexión humanista. No existe idea más subversora del orden vigente que aquella que nos enfrenta con el espejo de nuestras miserias. Heráclito dijo que todo está en continuo movimiento. Parménides lo refutó al decir que todo está inmóvil. Ambos, si se mira con detenimiento, tenían razón. No hay dogmas, sólo formas de percepción.

Después de una breve conversación con el escritor Hugo Aparicio sobre el sentido utilitario que se le da a la lectura en los planteles educativos, llegué a la conclusión que, para formar ciudadanos lectores, es indispensable exigirle a las industrias mediáticas televisión de calidad. Es innegable que la sociedad moderna, a raíz de las revoluciones tecnológicas, cambió en esencia y contenido. Vivimos inmersos en el icono. El poder persuasivo de las imágenes de la caverna platónica nunca antes ocupó el lugar que detenta hoy. La apariencia desplaza al contenido. O, mejor, lo asimila. Quedan, apenas esbozados, temas que en un futuro no lejano marcarán las agendas educativas. ¿Cómo superar la naturaleza fundamentalista del discurso capitalista? ¿Cuál es el camino a seguir, las coordenadas a considerar, para articular orgánicamente la reflexión académica a la vida social del país? En fin, por ser el espacio tan breve, y por la misma importancia de tal empresa, me resta recordar la frase de Adorno, derrotero válido para la educación contemporánea: "la educación debe, sobre todo, evitar que Auschwitz se repita".

Ángel Castaño Guzmán.