jueves, 25 de junio de 2009

Postales microscópicas

                                                                                                                             
  “Destino: Quiso la suerte que coincidiéramos en momento y lugar. No quiso en cambio que nos atreviéramos a hablar” H.A.

La reciente aparición de una docena de libros dedicados al minicuento ratifica una práctica literaria que se remonta a Luis Vidales. En sus Estampillas, el bardo de Suenan Timbres abrió las puertas a las actuales generaciones de escritores minimalistas. Influidos por El dinosaurio de Augusto Monterroso, algunos narradores quindianos condensan en menos de una cuartilla un universo autónomo, capaz de noquear al lector en cuestión de segundos. Comentario aparte merece la invención del poeta calarqueño Umberto Senegal. Inspirado en la brevedad del haikú, sentó las bases del cuento atómico en un ensayo publicado hace algunos años. Sin sobrepasar las veinte palabras,- fuera de las del título- el texto debe tener la contundencia del koán. Fugaz, el mejor calificativo para definir el subgénero. 

Cuentáforas es la segunda incursión editorial de Hugo Aparicio en el cuento atómico. En 46 páginas, el editor del conocido fanzine Poetintos, dibuja un mundo donde el silencio prima sobre los adjetivos. Según Poe la extensión justa de un cuento debe permitir su lectura en una sentada. Los de Aparicio se leen en un parpadeo. Muestra de afinada puntería, cada micro relato, sin eludir la realidad inmediata, busca derroteros perdurables. Atentas observaciones al entorno, las cuentáforas enriquecen el disperso mosaico de la literatura regional. “Suicida: El billete de lotería que encontrarás ganó el premio mayor. Puedes disponer del dinero, más ya no de mí” H.A.

Hugo es conocido en el ambiente cultural por la impecable factura de sus crónicas periodísticas, siendo un sentido texto sobre el reciente premio Rómulo Gallegos, William Ospina, el mejor de su producción hasta el momento. Aparicio y el novelista compartieron un viaje de 150 kilómetros, distancia que separa la capital del Tolima del municipio de La Tebaida. Conversaron sobre lo divino y lo absurdo en el panorama de las letras universales. Hugo, sólo armado con su prodigiosa memoria, reconstruyó los diálogos con la precisión del esmerado relojero. Sobra decir que Ospina al conocer el escrito envió un caluroso mensaje al cronista. 

Sus trajines literarios no son óbice para conocer las penurias de la comarca, por el contrario, en la palabra ha encontrado, como puede testificar cualquiera que haya leído sus continuos aportes a Calarca.net, una útil herramienta para expresar sus pensamientos en voz alta. Sin adhesiones de ningún tipo, sigue con esmero el desarrollo del megaproyecto vial Túnel de la Línea y su eventual impacto en los habitantes de Calarcá.  

Ajena a las clamorosas campañas publicitarias de los monopolios editoriales, la literatura cultivada en el Quindío necesita de estrategias pedagógicas para combinar calidad estética con una adecuada distribución. La lógica del mercado hace que los escaparates de las librerías se parezcan cada vez más a la sección de farándula de los noticieros, donde la impostura brilla con particular insistencia. Sirvan estas letras de llamado a los profesores de las instituciones educativas del departamento: hay buenos escritores regionales en busca de lectores.  

Postales microscópicas

                                                                                                                             
  “Destino: Quiso la suerte que coincidiéramos en momento y lugar. No quiso en cambio que nos atreviéramos a hablar” H.A.

La reciente aparición de una docena de libros dedicados al minicuento ratifica una práctica literaria que se remonta a Luis Vidales. En sus Estampillas, el bardo de Suenan Timbres abrió las puertas a las actuales generaciones de escritores minimalistas. Influidos por El dinosaurio de Augusto Monterroso, algunos narradores quindianos condensan en menos de una cuartilla un universo autónomo, capaz de noquear al lector en cuestión de segundos. Comentario aparte merece la invención del poeta calarqueño Umberto Senegal. Inspirado en la brevedad del haikú, sentó las bases del cuento atómico en un ensayo publicado hace algunos años. Sin sobrepasar las veinte palabras,- fuera de las del título- el texto debe tener la contundencia del koán. Fugaz, el mejor calificativo para definir el subgénero. 

Cuentáforas es la segunda incursión editorial de Hugo Aparicio en el cuento atómico. En 46 páginas, el editor del conocido fanzine Poetintos, dibuja un mundo donde el silencio prima sobre los adjetivos. Según Poe la extensión justa de un cuento debe permitir su lectura en una sentada. Los de Aparicio se leen en un parpadeo. Muestra de afinada puntería, cada micro relato, sin eludir la realidad inmediata, busca derroteros perdurables. Atentas observaciones al entorno, las cuentáforas enriquecen el disperso mosaico de la literatura regional. “Suicida: El billete de lotería que encontrarás ganó el premio mayor. Puedes disponer del dinero, más ya no de mí” H.A.

Hugo es conocido en el ambiente cultural por la impecable factura de sus crónicas periodísticas, siendo un sentido texto sobre el reciente premio Rómulo Gallegos, William Ospina, el mejor de su producción hasta el momento. Aparicio y el novelista compartieron un viaje de 150 kilómetros, distancia que separa la capital del Tolima del municipio de La Tebaida. Conversaron sobre lo divino y lo absurdo en el panorama de las letras universales. Hugo, sólo armado con su prodigiosa memoria, reconstruyó los diálogos con la precisión del esmerado relojero. Sobra decir que Ospina al conocer el escrito envió un caluroso mensaje al cronista. 

Sus trajines literarios no son óbice para conocer las penurias de la comarca, por el contrario, en la palabra ha encontrado, como puede testificar cualquiera que haya leído sus continuos aportes a Calarca.net, una útil herramienta para expresar sus pensamientos en voz alta. Sin adhesiones de ningún tipo, sigue con esmero el desarrollo del megaproyecto vial Túnel de la Línea y su eventual impacto en los habitantes de Calarcá.  

Ajena a las clamorosas campañas publicitarias de los monopolios editoriales, la literatura cultivada en el Quindío necesita de estrategias pedagógicas para combinar calidad estética con una adecuada distribución. La lógica del mercado hace que los escaparates de las librerías se parezcan cada vez más a la sección de farándula de los noticieros, donde la impostura brilla con particular insistencia. Sirvan estas letras de llamado a los profesores de las instituciones educativas del departamento: hay buenos escritores regionales en busca de lectores.  

martes, 16 de junio de 2009

De pájaros y Escopetas

Ángel Castaño Guzmán

"Sale como un noble soldado, vuelve agrio y mutilado.
Total pa' nada si al regreso todo fué igual"
W.C

Un buen ejemplo sobre la camaradería de los medios de comunicación con los actores del conflicto armado trae el libro Nuestro Hombre en la DEA del periodista Gerardo Reyes. Tres mil mensajes de simpatía atiborraron el correo electrónico de Carlos Castaño al día siguiente de ser transmitida la entrevista que le concedió a la presentadora Claudia Gurisatti (Pág. 177). Ninguna maniobra castrense del locuaz jefe paramilitar logró dirigir los reflectores de la opinión pública hacia su causa como lo hizo el reportaje periodístico. Durante semanas las conversaciones de los ciudadanos giraron en torno a las declaraciones de Castaño. Ya es común en Colombia que los temas de importancia sean definidos por la prensa y los bandos de la guerra. Mucho se ha escrito sobre la responsabilidad del periodismo al cubrir este tipo de eventos. Testigos de primera fila de los estragos de la violencia, los periodistas asumen el compromiso social de informar sin partidismos ni adhesiones. Sin embargo, esta premisa se deja de lado en el actual panorama mediático. Con regularidad pasmosa, los noticieros incumplen el pacto de transmitir con neutralidad los acontecimientos. Dueños de periódicos y demás canales informativos, los grupos económicos juegan sus cartas en la confrontación militar. De ahí su tendencia a elaborar el discurso informativo con materiales sin contexto. La insolente celebración por eventuales golpes a la insurgencia oculta los alarmantes índices de civiles ejecutados extrajudicialmente. Las galopantes cifras del desempleo son maquilladas con la euforia de la muerte. Las grandes cadenas noticiosas propagan la mirada oficialista de la compleja realidad nacional, sin prestarles mayor atención a las voces disonantes. Casi invisible, la ciudadanía es vista como pasiva receptora de los despachos noticiosos. Pocos son los espacios mediáticos donde ésta asume un papel central. Envanecidos por pírricas victorias, los oficiantes del poder difunden posiciones maniqueas que avivan las llamas de la barbarie. Las continuas exhortaciones a la hostilidad alimentan los motores de la tragedia. En este terruño, la implacable lógica de la pólvora se ha impuesto sobre el debate y el dialogo, herramientas necesarias en cualquier democracia. Un error repetido hasta la saciedad por las sucesivas administraciones nacionales es la deliberada miopía a la hora de iniciar diálogos de paz con los alzados en armas. El camino de la reconciliación inicia con el reconocimiento del otro como sujeto de derechos. Términos como terrorismo lo único que logran es hundir al país en arenas movedizas. Deshumanizar al adversario es el ritual común de occidente. En su periplo cronológico, la civilización moderna sataniza al contrario. Salpicada de sangre, la historia de Colombia es un extenso prontuario de sobreentendidos. Cualquier habitante de la ciudad podría resumir en unas cuantas frases los más intrincados novelones de la farándula, pero pocos conocen los pormenores culturales de la confrontación bélica. Las páginas de los periódicos deben ser ágora de interlocución civilizada, donde los militarismos sean señalados como lo que son: engranajes de terror y pobreza.

miércoles, 27 de mayo de 2009

El mohín de Moloch.

Por Ángel Castaño Guzmán.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento
. San Francisco de Asís

Hace algunos años una docena de campesinos franceses le propinó un significativo golpe al capitalismo moderno. Apenas armados con destornilladores, pinzas y palas, caminaron hasta el McDonald’s más cercano. Sin cruzar palabra con los empleados, procedieron a desmontar el mobiliario. Casi todos los medios de comunicación galos cubrieron el evento como muestra de la cada vez más inocultable esquizofrenia de algunos ciudadanos. Sin embargo, al preguntársele al vocero del grupo el por qué de la acción, no dudó un segundo en afirmar que se trataba del primer paso de una sistemática guerra contra la comida perniciosa para la salud. La población francesa, sobra decirlo, apoyó con entusiasmo la iniciativa y, como es lógico, por esos días la franquicia europea del conocido restaurante dejó de percibir considerables réditos. Decenios antes el mismo sistema económico incitó a miles de hindúes a seguir los pasos de Gandhi en la recordada marcha de la sal.

Los ciudadanos del mundo contemporáneo desde la comodidad de nuestros sillones asistimos a la globalización empresarial. Los despachos noticiosos de las incansables cadenas informativas anuncian las bondades del progreso. Las señales del desastre pasan desapercibidas en un mundo donde el neón brilla con singular insistencia. Se olvida, por ejemplo, el carácter maléfico de los rituales industriales que, entre otras cosas, alteran el equilibrio ecológico y explotan metódicamente los recursos naturales. Incontables pruebas validan el acierto de Leonardo Boff al señalar al ethos capitalista como el causante de la muerte de miles de seres humanos en las zonas periféricas de la civilización y de la inminente crisis ambiental de proporciones apocalípticas. El concepto occidental de desarrollo se asemeja a los dioses cananeos. Sedientos de sangre, los ídolos exigían a sus fieles sacrificios humanos como prueba de su devoción. Sin prestarles mayor atención a los signos de la catástrofe, el Baal moderno y sus sacerdotes, las empresas multinacionales, no dejan árbol intacto ni río libre de sus excrementos. Moloch sonríe en su pedestal, mientras centenares de niños cuyo único sustento diario es el pegante caen en los suburbios de las grandes metrópolis. Frente a la mirada permisiva de la familia humana, especies enteras se extinguen a una velocidad equivalente a la del crecimiento de las cuentas bancarias de los monopolios. Amparada en la absurda idea de concebir la naturaleza como granero, la sociedad tecnificada se rehúsa a aceptarla como sujeto de derechos. Enceguecidos por fuegos fatuos, el hombre y la mujer se ven a si mismos como pináculo de la evolución, dueños y señores de cuanto los rodea. Animal sin duda sui generis, el homo sapiens hace parte de la extensa cadena de la vida que va de la minúscula bacteria a la supernova más lejana. En lugar de capataz, es hijo de la naturaleza, pues separado de ella no alcanza su plenitud. San Francisco de Asís, en un bello poema, llega al paroxismo de llamar al sol su hermano y encontrar el parentesco que lo une con el zorro, la vaca y el buey. Quizá, más que los avances científicos o las revoluciones tecnológicas, la verdadera esencia de la humanidad son esos arrebatos poéticos que como Francisco lo intuyó son puente que comunica y no pared que aísla.

El pistoletazo ya sonó. El paso ineluctable del tiempo hace que la brújula señale el precipicio. Pensar que el cambio de ruta está en manos de los gobernantes es desconocer cómo funciona el capitalismo. Un paso simple, pero de hondas repercusiones, es construir la sociedad sobre los sólidos cimientos de la solidaridad y no en el frágil barro del lucro. Afirmar cotidianamente el carácter innegociable de la vida es nuestro compromiso. No hay mayor profanación que reducir el medio ambiente al papel de mercancía de intercambio. Una ciudadanía atenta a cualquier movimiento contra la dignidad de la naturaleza les garantiza a las futuras generaciones un legado más amplio que unos cuantos agujeros en la capa de ozono.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Las palabras de la Doncella.

Por: Ángel Castaño Guzmán

Sherazada, la formidable narradora que para salvar su vida del implacable decreto del Rey teje un extenso mosaico conocido en occidente con el nombre de Las Mil y una noches, es el mejor ejemplo de la eficacia de la palabra en tiempos de crisis. Hilvanados con singular maestría, los relatos salen de la boca de la doncella con el vigor necesario para recordarle al monarca los límites del poder. El detalle más inquietante del libro es la idea de concebir el lenguaje como centro real de la sociedad. Fascinado, el soberano pospone la ejecución una y otra vez para conocer el desenlace de una narración que indefectiblemente conduce a otra. La astucia de la mujer consiste en dosificar las revelaciones y dejar varios temas ocultos para esgrimirlos en una mejor oportunidad. Sin dar tiempo para la meditación, el frenético ritmo de acontecimientos obnubila el juicio del gobernante. Mucho de Sherazada tienen los medios de comunicación. Hipnóticos, construyen a su arbitrio el escenario de la realidad. El discurso informativo es el telón de fondo de las faenas cotidianas. Cada informe noticioso trae consigo una avalancha de coloquios domésticos. Muchas de las conversaciones que tienen lugar en las habitaciones y comedores de los ciudadanos modernos nacen en las salas de redacción. De ahí el compromiso democrático de los periodistas de informar con rigor y neutralidad. El problema radica, en palabras del profesor español Carlos Elías, en el criterio mercantil que prevalece a la hora de seleccionar los temas de interés general. Cercados por el omnipresente fantasma del dinero, los medios de comunicación están más atentos al crecimiento de las ventas que al desarrollo de proyectos de inclusión y reconocimiento ciudadano. Esto, en muchos casos, viene de la mano con evidentes rasgos de frivolidad. Se opta, como es lógico, por noticias fáciles de consumir. Ninguna clase de preparación exige la banalidad periodística al receptor. Así, los chismes de los romances de las actrices desplazan los eventos incómodos y nada consumibles. Reportan más índice de rating los pormenores de la farándula nacional que las poblaciones minoritarias. Los negros, campesinos, mujeres, homosexuales, son los eternos olvidados y sólo acaparan la atención nacional cuando la muerte toca sus puertas. La guerra y el espectáculo hacen que el tiraje de los periódicos se agote en un santiamén. La prensa, en sintonía con las directrices neoliberales, se convirtió en carnaval circense. En lugar de apelar a la meditación promueve el irreflexivo espectáculo.
Sherazada logró escapar de las garras de la injusticia gracias a su extraordinaria inteligencia. En su caso el patíbulo fue sustituido por el solio real. Los medios de información lograrán no ser inferiores a sus responsabilidades sociales si son capaces de construir una visión incluyente de la comunidad, ajena a los vaivenes del mercadeo y a las trampas del oropel.

miércoles, 15 de abril de 2009

El diario de los dioses.

Por: Ángel Castaño Guzmán
Hace un cuarto de siglo, al conocer la noticia de la muerte de Julio Cortázar, Carlos Fuentes telefoneó a Gabriel García Márquez a su residencia de La Habana. Al otro lado de la línea, tras comentar los pormenores del acontecimiento, el escritor mexicano le oyó decir al Nóbel una frase que bien podría resumir cualquier investigación sobre la calidad informativa de los medios de comunicación: no creas todo lo que lees en los periódicos. Reportero avezado, Gabo retrató con fidelidad los secretos de las salas de redacción. El escepticismo que el apotegma encierra es apenas natural en una sociedad como la colombiana, cuya realidad hace rato traspuso los linderos de la hipérbole. Los periodistas, oficiantes de la información, son testigos de primera fila de los eventos que en los últimos 50 años han constituido la identidad del país. Tahúres de la imagen, dan a conocer por igual las desmesuras de la barbarie y los oropeles de las pasarelas. Sin distinción, las curvas de la ninfa sensación de la industria musical están a escasos centímetros de la más bizarra crónica roja. Caldero de mezclas alucinantes, las páginas de los periódicos y los informativos radiales son radiografía de la psique nacional. Leerlos es escarbar en lo más íntimo del inconsciente, bucear en los arrecifes de la colombianidad.
El periodismo, oficio de innegables compromisos democráticos, es para muchos, entre ellos Albert Camus y Ryszard Kapuscinski, el mejor de todos. Da las coordenadas que sitúan al ciudadano en el agitado mundo de la posmodernidad y alimenta las opiniones que éste elabora acerca de los temas de interés general. Pocas cosas lesionan con más contundencia a la democracia que una prensa obnubilada por los fuegos de artificio del poder.
Temas frívolos ocupan el mismo espacio en las agendas noticiosas que los dramas de una nación inmersa en la violencia. Por eso es tan apremiante que la academia le provea a la población elementos básicos para examinar con cuidado los discursos periodísticos. Promover lectores capaces de encontrar los recónditos engranajes de las noticias es el deber impostergable de la comunicación social. Hasta el momento pocos son los movimientos en esta dirección. En saldo rojo con la sociedad están los medios de información y la educación formal. Los primeros por no conservar la neutralidad necesaria para informar con rigor y honestidad. La segunda por la evidente ruptura que hay entre sus investigaciones y el país de carne y hueso.
Leer el periódico, ver tele noticieros o encender el radio son liturgias cotidianas del ciudadano moderno. Pan diario, la información está presente en todos los ámbitos de la sociedad globalizada. De ahí la importancia de no arrojar las perlas a los cerdos o encumbrar dioses de cartón.

lunes, 16 de marzo de 2009

REFLEXIONES A LA HORA DEL TENTEMPIÉ

En las tradiciones orientales se cuenta que el padre de Siddhartha ocultó de la inquieta mirada de su hijo aquellas cosas que rasgan los predecibles velos de la ingenuidad y muestran lo transitorias que las empresas humanas son. En el tercer capítulo del Eclesiastés, con sucesión de antónimas situaciones, Salomón teje fúnebre lamento por la fugacidad de la vida. La empresa humana está signada por la contradicción: somos suspiro entre abismos, como recuerda Borges, pero a la vez tratamos de alcanzar la eternidad con limitadas herramientas. La enfermedad, la vejez y la muerte son, en efecto, indiscutible prueba de la finitud de nuestra civilización, magnificada por el metódico discurso de la publicidad. Las arengas oficiales, amplificadas hasta el cansancio por los grandes medios de comunicación, no dejan instante sin proclamar que los actuales ciudadanos vivimos en el mejor de los mundos posibles. De la mano del saber y de las omnipresentes ciencias aplicadas, las limitaciones del hombre son postales de un remoto pasado, vagas anécdotas en libros de historia. Se abre horizonte esperanzador frente a nuestras ávidas pupilas, y todo gracias a la religión de la postmodernidad: la tecnología.
Por eso, para el buen funcionamiento del conjunto social, la ironía, el disenso y la irreverencia están fuera de los manuales de buen comportamiento. Mirada por la familia humana con abierta hostilidad, la inteligencia, arrinconada en desolados pasillos del centro penitenciario, es adjetivada con sevicia.
Publicada en 1967, La Broma es sarcástico dicterio contra la URSS y el imperialismo en general. En sus prolijas páginas, una vez más, la naturaleza subversiva de la novela queda a la vista. De la mano de Kundera, el lector asiste atónito al baile de imposturas, donde la dignidad humana es un bien consumible. Esta idea recorre de principio a fin, como columna vertebral, la narración. La novela intenta descubrir los perversos engranajes del régimen que pretende encarnar la absoluta verdad. Tras cerrar el libro amargo gesto se dibuja en el rostro del lector: el humor está fuera de los sagrados decálogos de los sistemas totalitarios y riñe con las ínfulas mesiánicas de los gobiernos modernos. Un chiste político, hecho sin otra intención que conmocionar a una chiquilla, desencadena feroz reacción de las directivas del partido comunista checoslovaco y corta de tajo el promisorio futuro de un joven. Escéptico, Kundera ve con cautela las efusivas manifestaciones políticas de los nacionalismos europeos reconstruidos después de la barbarie nazi. Como decenios antes Orwell lo había denunciado, la invasión en 1968 de las fuerzas armadas soviéticas a Praga reveló el déspota rostro del estalinismo. En la actualidad, cuando el triunfante capitalismo se declara a si mismo panacea de los anhelos humanos y la globalización, dirigida desde las metrópolis culturales, es un hecho que se comprueba hasta el hartazgo en los más mínimos detalles cotidianos, la calamidad no se esconde en gélidas mazmorras siberianas si no en luminosas fachadas de centros comerciales. El ethos capitalista es, en palabras del siempre agudo Leonardo Boff, la mayor amenaza a la supervivencia de la humanidad en las calendas que corren. El consumo indiscriminado, en apariencia inofensivo acto ritual, se convirtió hace mucho en motor de la voraz explotación de los recursos naturales y en raíz de la opresión de miles de individuos del tercer mundo. Con polifónico canto de sirenas, el mercantilismo inventa mil formas de brindar consuelo a los consumidores por las tormentosas imágenes de hambre y guerra que siembra a su paso. La publicidad encuentra su mejor campo de maniobra en la elaboración de mensajes que intervienen la realidad con los cosméticos de la ignorancia. Los estudios de mercado, puntuales radiografías de la psique colectiva, son novísimo rostro del panóptico del poder. La convulsa y en algunos casos incontrolable marea de información que está disponible en la Internet, permite que, sin asomo de rubor, las sinuosas medidas de las modelos de Soho soslayen la crueldad de las fotos de Abu Ghraib. Con simple movimiento en el control del televisor se avizoran por igual el salvajismo de Guantánamo y la irreflexiva celebración de Las Vegas. El verso de una canción resume la encrucijada de un plumazo: “Nadie vio a los muertos de Irak en su pantalla/ ¿cuántos serán?/ ¿fuego artificial o bombas que estallan?/ se ven igual”.
La actual crisis financiera, que amenaza con aguarle la fiesta a más de un devoto del libre mercado, es resultado de la rapacidad de un sistema amoral que hunde en la miseria más absoluta a cientos de miles de seres humanos. La industria de armas alcanza cifras de utilidades que trasponen los lindes de la hipérbole. La hambruna, según datos de la FAO, azota con inclemencia a comunidades periféricas. Diagnóstico nada confortable, y lo peor es que en el panorama no se perciben presagios de cambio. Por mucho que se especule sobre las medidas del gobierno de Obama, ningún presidente, por poderosa que sea la nación que dirija, es capaz de alterar el rumbo de todo el planeta. No en vano los muros de la casa que hoy ocupa fueron levantados con la sangre de esclavos negros.
Muchos actos gubernamentales son presentados por los oficiantes de la información como esfuerzos por elevar el nivel de vida de las sociedades marginadas. Vistosos anzuelos lanzados a la marejada de la opinión pública para distraer la consciencia de los ciudadanos y dormir el criterio de los disidentes. Nunca antes en su agitada historia la humanidad padeció régimen tan opresivo y arbitrario como el actual. La tecnificación de hasta los más pequeños actos domésticos y la imposición de un imaginario de vida y éxito basado exclusivamente en la cantidad de dinero que se tenga en la cuenta del banco, es la esclavitud propia de la postmodernidad, donde cepo y grillete fueron sustituidos por los vacuos oropeles del mercadeo. La virtud se redujo al pasivo cumplimiento de preceptos de una ética deleznable. Belleza y consumo son caras de la moneda que marcó el triunfo de la frivolidad.
Cuando Siddhartha encaró la situación de nuestra naturaleza y dejó de lado los abismales prejuicios de su padre sobre el mundo, la ruptura con un pobre pasado cultural que amordazaba su consciencia se produjo. Escapó del confortable abrazo de la crisálida y se transformó en ligera mariposa búdica gracias a su decisión de asumir la realidad circundante y no esconderse en las tibias faldas del escapismo.
Es hora de atarse al mástil de la nave como lo hiciera el errante Ulises para no ceder ante las tentadoras baladas de las embusteras sirenas. Asumir el inquietante riesgo de pensar sin catecismos a la mano y corroer los basamentos del status quo es la única senda que el ciudadano responsable transita en los vertiginosos tiempos del absoluto reinado de la estética mediática y la nefasta administración de Uribe. Proponer una lectura social que tome en cuenta las vivencias de los marginados del establecimiento es el primer paso para revertir la cronología infame de Occidente. Nada más lejano al inane dios colgado en la cruz que la colérica embestida de Jesús contra los traficantes religiosos días antes de la fiesta pascual.
Versículo: la mentalidad industrial de los medios de información ve a las noticias como espejismos fugaces que se deslíen en páginas de viejos periódicos. Un acontecimiento de actualidad en fracción de segundo es lanzado a los agujeros de la amnesia colectiva. La opinión pública no tiene tiempo para la meditación. El éxito del gobierno de Álvaro Uribe se debe en gran medida a este hecho. Pasarán meses, si no es que años, y la simplista idea de que ésta es la mejor administración nacional de la historia republicana del país seguirá rigiendo a sus anchas el espíritu del pueblo colombiano. Ojala que al éste despertar de su letargo que lleva siete años, no sea demasiado tarde para corregir el rumbo. Esta administración pasará a la historia como una presidencia autoritaria que se escudó en la eliminación de la insurgencia para privatizar las instituciones públicas y hacer de los derechos elementales a la salud y educación burdas actividades con intención de lucro. El actual mandatario, con su particular estilo de administrar, será recordado como sistemático violador de los convenios políticos sin los cuales la democracia es impensable. Álvaro Uribe no aceptó notas discordantes en la sinfonía nacional. Dirigió el destino político de 44 millones de colombianos con la tiranía de un prepotente hacendado, dirán los ciudadanos del futuro.